¿Para qué estudiamos filosofía?

¿Para qué estudiamos filosofía?

Una debe hacer con pasión y amor todo lo que hace. Si no, será en vano. Esa pasión ha sido característica de los filósofos. La pasión y la admiración que, creo, nos une a todos.

Porque en realidad, todos somos filósofos. Unos tienen libros escritos; otros, no. Otros, tal vez, los escribirán.

Pero, en cualquier caso, todos tenemos la obligación de parar en algún momento del ajetreo diario y preguntarnos si nos estamos haciendo las preguntas correctas. Para eso estudiamos a los grandes, para que nos ayuden.

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Todo hombre es filósofo hasta que no se demuestre lo contrario

Todo hombre es filósofo hasta que no se demuestre lo contrario

El historiador Diógenes Laercio en su importante obra Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres recoge un interesante reflexión tradicionalmente atribuida a Pitágoras:

“La vida -dijo una vez Pitágoras– se parece a una asamblea de gente en los Juegos; así como unos acuden a ellos para competir, otros para comerciar y los mejores (vienen) en calidad de espectadores, de la misma manera, en la vida, los esclavos andan a la caza de reputación y ganancia, los filósofos, en cambio, de la verdad”.

¿Qué preferimos, ser esclavos o espectadores? ¿Acaso pensar, buscar la verdad nos hace seres inactivos? ¿Y nos hace más felices? ¿Somos todos en el fondo filósofos?

El siguiente texto del pensador Javier Sábada nos ayudará a pensar sobre ello:

“También el hombre normal es filósofo. La filosofía no sería un añadido -otra cosa es que las distintas conclusiones sean más o menos acordes con los hechos y más o menos saludables o perniciosas- a la vida humana. La filosofía constituiría, por el contrario, parte de la médula de la existencia humana a la que nadie podría sustraerse. (…) Y es que imaginemos a un hombre “normal” que no se planteara jamás problema filosófico alguno sino que solamente durmiera, comiera, sudara, charlara del buen o mal tiempo, se preocupara por ganar más en su trabajo, se las apañara para conseguir una buena pareja, se ocupara de que sus hijos no se murieran de hambre, etc. Pero nada más. Es decir, tales actividades no le plantearán nunca problemas acerca de la conciencia, sobre la supervivencia, el tiempo y su compañera, la muerte si es mejor seguir una norma ética o destruir cualquier norma con la que se tope. Un hombre, en suma, que no tendría preocupación alguna que superara las necesidades estrictamente animales por evolucionadas que estas fueran.

Tal hombre no sería hombre. Se parecería al perro de Schopenhauer que siempre tiene ajustadas sus representaciones a sus deseos. (…) Por mucho que se haya repetido que el hombre es filósofo por naturaleza y por grandilocuente que nos suene dicha expresión, sigue conservando una gran verdad: el mero hecho de la existencia humana coloca al hombre en situación tal que no puede por menos de plantearse su destino, elegir su vivir y sufrir, de una u otra manera, por ello”.

Esto post ha sido tomado del magnífico blog de filosofía La Lechuza de Minerva

El filósofo en vacaciones

El filósofo en vacaciones

Roland Barthes, uno de los intelectuales más importantes del siglo XX, escribió un imprescindible libro titulado Mitologías, donde, con su audaz y profunda mirada, deseaba penetrar en lo que consideró los mitos más sugestivos y relevantes de su sociedad.

Uno de ellos, titulado El escritor en vacaciones, nos sugiere, por similitudes que espero que a vosotros también os resulten evidentes, una suerte de mito convertido hoy en tabú.

“Las vacaciones son algo sagrado” habréis escuchado seguramente en más de una ocasión. Barthes, que indagaba no en los orígenes de los mitos que rodeaban a la sociedad que le tocó vivir, sino en sus significados, se percató que el escritor, y creo que aceptaría de buen grado el filósofo ya que él lo era, “no deja de trabajar  en verano, o al menos no deja de producir”.

¿Por qué? La filosofía no es un “oficio gabardina”, que cuando entras en casa tras un duro día de trabajo, te olvidas de las tareas dulcemente olvidadas sobre el escritorio de la oficina. Parafraseando a Barthes, el filósofo no cambia de esencia,  el filósofo conserva en todas partes su naturaleza de filósofo. Pues ser filósofo no es un oficio que uno elige como quien elige estudiar tal y cual carrera, por eso no se puede desprender de de su naturaleza.

Aristóteles afirmaba que todos deseamos por naturaleza saber y el filósofo, y en con ello quiero decir y seguramente también Aristóteles, que todos somos filósofos, pero unos más conscientes que otros.

Sócrates se deshacía en elogio hacia su “daimon”, su pequeño diosecillo que le seducíay le estimulaban en sus interminables reflexiones. Con ello, y parafraseando nuevamente a Barthes, el filósofo es víctima de un dios interior, el dios socrático, que habla en todo momento sin inquietarse, tirano, por las vacaciones de su médium. Los filósofos pueden o no estar de vacaciones, pero su musa, su demiurgo al estilo platónico, vela y da a luz sin interrupción.

Manifiesto del filósofo o Elogio al aburrimiento

Manifiesto del filósofo o Elogio al aburrimiento

Hay quienes piensan que en el verano, en  nuestro merecido y ganado periodo estival, lo que dominará nuestras vidas será el aburrimiento. Y posiblemente sea cierto; totalmente cierto. Pero esto no debe ser malo.

El aburrimiento, bien entendido, es el motor de muchas cosas en nuestras vidas. El aburrimiento, esa sentimiento tan denostado y tan criticado por nuestros padres y por el sistema educativo, es el mayor impulsor para realizar cosas que jamás nos atreveríamos a hacer; el aburrimiento nos impulsa a hacer cosas hasta entonces inimaginbales inimaginables, que seguramente marcarán la diferencia en nuestra existencia. Como afirman hoy en día algunos científicos, el aburrimiento es una excelente herramienta de prevención, si uno se aburre es que algo va mal, algo estamos haciendo mal y es mejor (y necesario) cambiar.

El aburrimiento seguramente haya inspirado algunas de las ideas más importantes de la humanidad. Y también algunas no tan importantes, pero este sentimiento tan desconocido nos impulsa siempre (aunque casi habría que decir nos obliga) a percibir la realidad de forma distinta, a  soñar muchas veces despiertos y propicia las ideas más innovadoras, claves para un buen filósofo.