Sácame de la caverna, Platón

Sácame de la caverna, Platón

Creo que no exagero si afirmo que a todos los alumnos de filosofía de todas las épocas les  fascina como a mí cada curso la alegoría de la caverna de Platón (¡ojo, alegoría que no mito!, como recuerdan en el siguiente vídeo).

Platón diseñó un relato alegórico atemporal sobre la situación de la humanidad que sigue siendo actual.

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No me quejaré

No me quejaré

Existieron un grupo de hombres escogidos, un grupo de hombres que cambiaron la historia del pensamiento humano. ¿Su poder? Pensar por sí mismos y rechazar el pensamiento mítico.

Ellos fueron los filósofos de la naturaleza, los causantes del paso del mito al logos. Tal vez refunfuñaron del mundo que les tocó vivir, de las mentalidad de su coetáneos, pero no se instalaron en la queja. Quisieron descubrir el mundo tal y como es.

Buscaron el principio (arché) de la naturaleza.

Pero entonces, ¿este mundo no es real?

Pero entonces, ¿este mundo no es real?

No todos pensaron como Platón. Sólo unos pocos elegidos sospecharon que lo que vemos, olemos, sentimos y percibir con nuestros cinco sentidos es simplemente una mera ilusión para tenernos engañados.

Platón, cuyo auténtico nombre era Aristócles, consideró que vivimos en un mundo de apariencia al que llamó “mundo sensible” en contraposición con la auténtica realidad, denominada el “mundo inteligible”.

No todos los que le leyeron, le creyeron. Sólo unos pocos, los destinados a ser filósofos, estaban capacitados para asumir que todo lo que creían hasta entonces como verdadero, era mentira. La verdad debía ser descubierta.

Morfeo, protagonista de Matrix, quiere cual Platón ayudar a Neo a descubrir la auténtica realidad.

El filósofo en vacaciones

El filósofo en vacaciones

Roland Barthes, uno de los intelectuales más importantes del siglo XX, escribió un imprescindible libro titulado Mitologías, donde, con su audaz y profunda mirada, deseaba penetrar en lo que consideró los mitos más sugestivos y relevantes de su sociedad.

Uno de ellos, titulado El escritor en vacaciones, nos sugiere, por similitudes que espero que a vosotros también os resulten evidentes, una suerte de mito convertido hoy en tabú.

“Las vacaciones son algo sagrado” habréis escuchado seguramente en más de una ocasión. Barthes, que indagaba no en los orígenes de los mitos que rodeaban a la sociedad que le tocó vivir, sino en sus significados, se percató que el escritor, y creo que aceptaría de buen grado el filósofo ya que él lo era, “no deja de trabajar  en verano, o al menos no deja de producir”.

¿Por qué? La filosofía no es un “oficio gabardina”, que cuando entras en casa tras un duro día de trabajo, te olvidas de las tareas dulcemente olvidadas sobre el escritorio de la oficina. Parafraseando a Barthes, el filósofo no cambia de esencia,  el filósofo conserva en todas partes su naturaleza de filósofo. Pues ser filósofo no es un oficio que uno elige como quien elige estudiar tal y cual carrera, por eso no se puede desprender de de su naturaleza.

Aristóteles afirmaba que todos deseamos por naturaleza saber y el filósofo, y en con ello quiero decir y seguramente también Aristóteles, que todos somos filósofos, pero unos más conscientes que otros.

Sócrates se deshacía en elogio hacia su “daimon”, su pequeño diosecillo que le seducíay le estimulaban en sus interminables reflexiones. Con ello, y parafraseando nuevamente a Barthes, el filósofo es víctima de un dios interior, el dios socrático, que habla en todo momento sin inquietarse, tirano, por las vacaciones de su médium. Los filósofos pueden o no estar de vacaciones, pero su musa, su demiurgo al estilo platónico, vela y da a luz sin interrupción.