No me quejaré

No me quejaré

Existieron un grupo de hombres escogidos, un grupo de hombres que cambiaron la historia del pensamiento humano. ¿Su poder? Pensar por sí mismos y rechazar el pensamiento mítico.

Ellos fueron los filósofos de la naturaleza, los causantes del paso del mito al logos. Tal vez refunfuñaron del mundo que les tocó vivir, de las mentalidad de su coetáneos, pero no se instalaron en la queja. Quisieron descubrir el mundo tal y como es.

Buscaron el principio (arché) de la naturaleza.

Armonía preestablecida o ¿tiene el sufrimiento sentido?

Armonía preestablecida o ¿tiene el sufrimiento sentido?

Resulta raro que los filósofos, habiendo hablado de casi todo en esta vida, hayan reflexionado tan poco sobre el tema universal por antonomasia: el sufrimiento. Uno de ellos que sí lo hizo fue Leibniz.

Este genio de origen germánico pensó que todo tiene una razón (que no es lo mismo que todo esté determinado). Leibniz formuló el famoso principio filosófico conocido como el principio de razón suficiente, el cual afirma que todo tiene un porqué.

Leibniz, que rechazaba las casualidades (aquí me confieso fiel seguidor suyo), pensaba que este mundo, creado por Dios, no es casual y que las cosas que nos ocurren tampoco lo son. Unos son capaces de su causa o razón, otros no. Pues para Leibniz hasta el sufrimiento tiene una razón, un sentido y un final.

El origen de los filósofos o cuando los dioses habitaban con los hombres

El origen de los filósofos o cuando los dioses habitaban con los hombres

Hubo un tiempo en el que los dioses griegos no hacían distinción entre mortales e inmortales. Donde lo divino no era tan ajeno a lo humano.

En esa época, surgió una serie de pensadores que se empezaron a ocupar sobre el origen, el principio (anché) de la naturaleza (physis) que les rodeaba. En el fondo, se estaban preguntando por el origen de sí mismos y de su divinidad.

Las respuestas fueron múltiples y variadas (el agua, el aire, los números o el ápeiron de Anaximandro), pero todos pensaron lo mismo: fuera quien fuese el “creador”, éste no pudo “crear” el mundo de la nada. Todo tuvo que salir de algo, tener un principio (arché). Pero, ¿cuál? Aún hoy siguemos en la misma senda que hace más de dos mil años.

Pero fue un bueno comienzo.

A continuación os dejo un breve vídeo que explica bastante bien el importante y difícil nacimiento de los denominados filósofos de la naturaleza, considerados por muchos los primeros científicos.

El genio de Empédocles o la locura del filósofo

El genio de Empédocles o la locura del filósofo

Quería inaugurar dentro del blog una categoría dedicada a pequeñas retrospecciones que nos lancen al futuro. Los estudiosos del Alzheimer nos revelan que esta enfermedad ataca a la memoria y que lo primero que se pierde es la memoria reciente; los enfermos de Alzheimer nunca, nunca hablan del futuro, sólo del pasado. Pues eso mismo será lo que hagamos aquí: recuperar el pasado para re-pensar el futuro. La he llamado Arrugas filosóficas como pequeño homenaje a un cómic titulado Arrugas (2007) de Paco Roca (que os recomiendo y os dejaré encantado) que narra la historia de Emilio, enfermo de Alzehimer.

En otra sección nos ocuparemos del futuro para que nos haga reflexionar sobre el pasado.

Comenzamos con Empédocles de Agriento. Este filósofo ha pasado más a la historia por ser un genio loco que se arrojó al Etna que por ser el primero que formuló que el origen del cosmos procedía de los cuatro elementos.

Friedrich Hölderlin, gran poeta alemán del Romanticismo, que fue admirado por Martin Heidegger, y que se volvió loco, supo apreciar como nadie el genio filosófico de Empédocles. Os pongo a continuación el bello poema, titulado Empédocles:

Buscas, buscas la vida, surge y reluce un fuego
desde honduras telúricas, hacia ti; y tú te arrojas,
con ansia estremecida,
allá abajo, a las llamas, en el Etna.

Así disolvió en vino sus perlas la orgullosa
reina, sin importarle; ¡ojalá nunca hubieras
ofrendado, oh poeta, tu riqueza
en el hirviente cáliz!

Pero eres para mí sagrado, cual la fuerza
de la Tierra absorbiéndote, ¡oh víctima atrevida!
Si no me retuviera el amor, seguiría
al héroe, hasta el abismo.

Empédocles es conocido por ser uno de los primeros precursores de Stephen Hawking, indagó en la búsqueda del arché de la Naturaleza. Que Empédocles se arrojase al fuego del Etna es una tradición satírica que intenta ridiculizar su obra y su vida. De hecho fue muy famoso en vida y la versión primigenia de su muerte afirma que estando él y unos seguidores en un ritual divino rutinario, desapareció, sin dejar rastro. Evidentemente los dioses le llevaron consigo.

Lo bello del poema es que Hölderlin aúna ambas tradiciones re-interpretándolas, abriendo un nuevo camino. Él reconoce la importante labor en la investigación de todo el universo, que a nosotros nos parece irrisoria, pero el trabajo de todos es fundamental.

Un pequeño homenaje para un tipo del todo singular, seguro.

¿Quién si no? Parménides, naturalmente

¿Quién si no? Parménides, naturalmente

Hoy hemos visto cómo hay filósofos que marcan la diferencia… En este caso es Parménides de Elea. Él marca un antes y un después con la aparición de su famoso poema (que debéis leer).

Hasta ahora hemos visto que los filósofos de la naturaleza eran todos monistas, es decir, explicaban el origen del universo (del cosmos) a partir de un único principio que siempre existe y existirá.

Pero todo cambia con las dos tesis de Parménides:

  • Del no ser no puede surgir nada, o dicho con otras palabras, que el cambio es imposible.
  • De la unidad no puede surgir la pluralidad o ¿cómo una tiza puede dar lugar a todo el universo?

Los siguientes filósofos de la naturaleza se denominaron pluralistas para intentar solucionar este problema: Si tenemos muchas tizas, es más fácil explicar cómo hay tantas y tantas cosas en el universo, ¿no?

Lo que más nos puede interesar de Parménides son las conclusiones que el mismo Platón obtuvo: si tenemos a un amigo, al cual hace mucho que no vemos y observamos que ha cambiado su forma de pensar y de vestir (fuera gafas, barba, ha engordado…), tenemos un montón de datos sensibles procedentes de los sentidos que nos dicen que no es el mismo. Pero la razón nos dice que sí. ¿No os parece?

Parménides dirá que hay pues dos formas de conocimiento o dos formas de saber si es realmente él: la opinión o doxa, que juzga las apariencias (y las apariencias engañan). Las apariencias nos dirán que no es él y esto nos dejará con el mal sabor de boca de que no podremos invitarle a una cerveza para celebrar nuestro encuentro. Y la otra opción o vía es la razón que se ocupa del ser (aquí entiéndase alma, esencia…). Ésta nos confirma lo que efectivamente intuíamos: ¡es él!

Si pensáis un poquito, en el fondo TODOS compartimos la tesis de Parménides: las apariencias no nos dicen mucho sobre las personas o cosas, hay que ir más allá. Ese más allá es el SER que, según Parménides, es inmutable, limitado, esférico..

A continuación os dejo un divertido vídeo que muestra, creo y bastante bien, vuestra perplejidad y enfado.