Nietzsche y los programas del corazón

Nietzsche y los programas del corazón

Nietzsche y el defensor del positivismo, Comte, no se llevaban nada bien; el filósofo francés Comte defendió con el positivismo la ciencia y la verdad científica.

Nuestro querido filósofo alemán consideraban que todo no era más que inventos y habladurías; para Nietzsche, la única verdad es que existen muchas verdades igualmente válidas. A esto lo llamó perspectivismo.

¿Por qué? Porque nada es lo que parece, todo depende (creía Nietzsche) de lo que uno piense y vea. Como lo refleja estos anuncios:

Porque, quisiese o no, Nietzsche es el fundador de los programas del corazón: donde todo vale para hablar de lo que no vale.

Kant, el asesinato y el imperativo categórico

Kant, el asesinato y el imperativo categórico

Trágicamente esta noticia es conocida por todos. Pero imaginad un marco distinto: que sólo los padres tuvieran conocimiento de que lo cometido por sus hijos. ¿Qué hacer?

Kant lo tenía claro: decir siempre la verdad, aunque las consecuencias de tal acción te sean negativas. Para Kant, el deber de los padres es decir siempre la verdad. Y el deber de los hijos, en este caso, asumir su castigo.

Pero, ¿es posible vivir en este mundo diciendo siempre la verdad? ¿Tan bien nos hemos habituado a mentir?

El método cartesiano o cómo salir de tu falso imperio

El método cartesiano o cómo salir de tu falso imperio

Las personas tenemos un gran defecto: vivimos no por encima de nuestras posibilidades, sino por encima de nuestras pasividades. Y Descartes también creía esto. Para nuestro gran filósofo, el ser humano erige su vida sobre imperios falsos, sobre verdades a medias y mentiras a tiempo completo.

¿Qué hacer? Descartes propuso que hicíeramos una limpia de todo lo anterior. Descartes invitó a sus discípulos poner en duda los conocimientos anteriores para intentar empezar de nuevo, sin medias tintas.

Crear un imperio nuevo, verdadero.

El silencio de Parménides o por qué hablamos de lo que no se puede hablar

El silencio de Parménides o por qué hablamos de lo que no se puede hablar

Hace no mucho tiempo, el filósofo vienés Ludwig Wittgenstein afirmó, en uno de los más importantes libros de filosofía, lo siguiente:

De lo que no se puede hablar, hay que callar.

Para Parménides de Elea, al igual que Wittgenstein, tenemos que elegir entre dos opciones: el ser (lo que es) y el no-ser (lo que no es).

Según el filósofo de Elea, el ser conduce a la vía de la verdad y, por ende, de la razón. Este es un camino que todos entendemos y del que no cabe dudar: de las matemáticas, la lógica, la metafísica, etc. Pero, en cambio, el camino del no-ser es el vía de la opinión y su objeto son todos los datos recibidos por los sentidos.

Como alguna vez os habrá pasado, habréis discutido fervientemente sobre el tipo de color de un determinado coche, sobre el buen o mal juego del Real Madrid e incluso si tal o cual actriz es atractiva o no. Pero a que nunca habéis discutido sobre si es verdad el teorema de Pitágoras o el número π (pi).

Tomando estas ideas como bases, Parménides formuló una curiosa (y errónea) teoría del movimiento: para él, el movimiento consistía del paso del no-ser al ser o del ser al no-ser. Como ya sabréis, del no-ser no puede salir nada. Y lo que es, no puede dejar así como así de existir.

Luego hablemos sólo de lo que estemos seguro, que no es mucho.

Saca el apóstol Tomás que llevas dentro

Saca el apóstol Tomás que llevas dentro

Dice la historia que el apóstol Tomás necesitó tocar las llagas de Jesucristo para convencerse de que lo que le anunciaban sus compañeros era verdad: la resurrección del hijo de Dios.

Lo curioso de todo es, como afirma el fragmento de Lost (una serie que os he recomendado más de una vez por aquí), que a Tomás sólo le recordamos por eso. Como a Sócrates con la cicuta.

Pero el apóstol Tomás, como muchos otros grandes filósofos, se dejó convencer por la verdad. Pero sólo cuando tuvo certeza de ella. Hay algunos que son más incrédulos que otros. Muchos de nosotros, ante lo que no somos capaces de explicar, salimos huyendo. O abandonamos.

El apóstol incrédulo siguió luchando por esa verdad y tal vez fue el primero, sin proponérselo, que fundó el método científico: sólo admitir como verdadero lo que pudiese ser confirmado por la experiencia.

Seas o no incrédulo, vale la pena seguir dudando para alcanzar la verdad.